La vida es un regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos de cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos.
La Pérdida de los valores han hecho que el ser humano cada día llegue al menosprecio de la vida de las personas, esta sociedad se caracteriza por las diferentes formas de crímenes que se comete: terrorismos, abortos, homicidios, etc. Está claro que la vida es un don de Dios y más aún la vida humana es considerada sagrada por lo que Dios la da y la toma.
Toda persona tiene derecho a vivir según su dignidad y a poseer los medios necesarios para prevenir y recuperar la salud. La realización de estas exigencias revela a Dios como fuente de toda vida y defensor de la dignidad humana, actualiza el mensaje de Cristo que es para todo hombre, camino, verdad y “vida”, y constituye una tarea más para la comunidad eclesial, comprometida en el reinado de Dios que es de vida en todo sentido.
Al hablar de vida humana nos referimos a la
persona, ser humano racional, libre, capaz de determinarse y de
responsabilizarse de sus actos. Como persona toma conciencia de su interioridad
y de su auto-proyecto. El hombre con su vida humana tiene conciencia moral que
le compromete consigo mismo, con sus semejantes y con el Absoluto. Ciertamente
el hombre se reconoce como autor de sus actos, pero no como el autor y la razón
de ser de su existencia.
Hay un pensamiento que angustia a la persona
consciente, y es el de la muerte. En su contingencia y limitación, el hombre se
contempla como un ser-para-la-muerte. Es la única criatura en el mundo que se
formula los interrogantes: ¿por qué vivir, sufrir y morir? ¿Qué hay detrás de
la muerte? ¿Puedo y debo tener alguna relación con el Tú divino en esta vida y
“en la otra”?
Por su condición sagrada En el tema de la vida
utilizaré textos y pensamiento de Juan Pablo que se encuentran en la encíclica
sobre el valor de la vida, la Evangelium vitae (1995). Ahora resumo el n. 34
que desarrolla la grandeza de quien es reflejo de Dios, primacía de la creación
y partícipe de la misma vida divina.
¿Pero con sus derechos a respetar?
Si la persona goza de una gran dignidad,
lógicamente posee unos derechos dignos de todo respeto y desarrollo. Así lo
expresa le encíclica de Juan XXIII, Pacem in terris: el hombre “tiene un
derecho a la existencia, a la integridad corporal, a los medios necesarios para
un decoroso nivel de vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido,
la vivienda, el descanso, la asistencia médica. De lo cual se sigue que el
hombre posee también el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad,
invalidez, viudedad, vejez, paro y, por último, cualquier otra eventualidad que
le prive, sin culpa suya, de los medios necesarios para su sustento” (PT 11 y
cf. DU 23 y GS 27). El enfermo tiene derecho a ser tratado con respeto según su
dignidad humana, aceptar o rechazar el diagnóstico y el tratamiento; ser
informado de su estado de antemano, recibir la protección de su vida privada y
el reconocimiento de sus convicciones religiosas y filosóficas. También le
asiste el derecho a poder reclamar los resultados del tratamiento y acceder a
los servicios hospitalarios adecuados a su enfermedad.
La dignidad de cada ser humano, exige respecto a cada persona desde el mismo momento de su concepción, a estos abusos y faltas contra la vida humana se le conoce <<cultura de la muerte>> este término fue utilizado por Juan Pablo II; los católicos estamos llamados a fomentar una <<cultura de vida>>; entre otras palabras a promover y respetar la vida.
Comprometerse a defender la vida humana es reconocer que la vida es un don que Dios nos da y solo él sabe cuándo la tomara.
Fuentes :
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